15.02.10
Enviado a Música, Software, Informática a las 18:06 de Javier Romero
Llega la parte divertida de la organización musical: la etiquetación de los álbumes; es decir, el momento de añadir la información del disco, incluyendo los nombres de cada pista. De acuerdo, con programas tipo EasyTag se hace bastante aburrido, pero como os prometí que sería divertido, vamos a usar otro programa.
Antes de nada, os hablaré del proyecto MusicBrainz, que tiene mucho qué ver. Este sitio es un intento de crear una base de datos gratuita de metadatos musicales, lo que significa que almacena la información de un sinfín de discos compactos. Además, son los propios usuarios los que pueden añadir esa información de piezas musicales que aún no estén dados de alta.
La cuestión es que han desarrollado un programa, el Picard, multiplataforma y con licencia GPL 2.0, que nos va a permitir etiquetar nuestros discos a partir de los metadatos ya existentes, o incluso utilizando una huella digital sonora. Sobre esto, hace ya un año que en el podcast os hablé de la aplicación Shazam para el iPhone que reconoce una canción al rato de escucharla. Pues bien, Picard también lo usa para reconocer discos. De todas maneras, he buscado un ejemplo lo suficientemente complicado para que veais claramente los pasos que debemos hacer.

En la parte izquierda podéis ver mis ficheros de música, sin ningún tipo de información. Para empezar, debo arrastrarlos a la carpeta que hay en la parte central llamada “Archivos desagrupados”. Una vez ahí, puedo usar el botón cluster que intenta crear grupos en función de los metadatos de los archivos. Si, por ejemplo, tenemos mezclados ficheros de distintos discos, si la información de esos discos ya existe en los metadatos aparecerán los nombres de los discos en cuestión en la carpeta “Grupos” con los ficheros correspondientes para cada disco. En mi caso, a los ficheros les había guardado información falsa para que fuera un proceso complicado. Como podéis ver, Picard me ha creado un disco llamado “No lo sé” donde ha guardado todos los ficheros:

Para usar la huella digital sonora, Picard debe analizar primero los audios, así que pulsáis en el botón Analizar y veréis cómo analiza los ficheros en unos pocos segundos. Si encontrara similitudes entre pistas, a la derecha aparecería el nombre del disco con ls pistas que ha sido capaz de encontrar y con un dibujo que, con colores del verde al rojo, muestran el porcentaje de similitud encontrado. En mi caso, esta opción falló, así que vamos a la siguiente, que es Lookup. Ésta va a buscar información con los metadatos que tengan nuestros ficheros. Como no existe ningún disco llamado “No lo sé”, esta opción me vuelve a fallar. Sólo me queda la última opción: la búsqueda manual.
Si os fijais, en la parte superior derecha del programa hay un buscador que nos permite buscar por autor, por álbum o por pista. Si lo usamos se nos abre el navegador y nos dirige al resultado de la búsqueda en la página de MusicBrainz. Según los resultados, al final veremos los nombres de álbumes o pistas, y un enlace de color verde que es la clave en este paso, puesto que si lo pulsamos nos aparecerá la información del álbum en la parte derecha del Picard:
Fijaos que a la izquierda del todo indica el número de pistas de ese disco. Esto es importante cuando aparece más de una versión del mismo disco (de distintos mercados internacionales, por ejemplo).
El último paso es hacer coincidir las pistas de las que no se han encontrado similitudes con la información del álbum en la parte derecha. En mi caso, son todas las pistas, así que debo arrastrar y soltar cada fichero mío sobre la pista correspondiente.
Una vez que ya he hecho coincidir todas las pistas sólo queda pulsar el botón de Guardar y tendremos nuestro disco con toda la información necesaria para poder buscarlo en nuestro reproductor.
Visto así, quizás queda algo lioso, pero es importante ver que nos evitamos el proceso farragoso de tener que añadir la información tecleándola por nosotros mismos. Esto lo tendremos que hacer en unos pocos discos, pero os puedo asegurar que van a ser los menos, y con este programa no os va a dar pereza etiquetar apropiadamente vuestra biblioteca musical.
Este artículo está publicado con licencia CC0, que significa que puedes hacer con esta información lo que quieras: te la puedes quedar, la puedes vender, la puedes copiar… Cedo todos los derechos sobre el texto de esta obra para que la uses como mejor te venga en gana. El conocimiento debe ser libre, universal, público y gratuito.
To the extent possible under law, the person who associated CC0 with this work has waived all copyright and related or neighboring rights to this work.
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14.02.10
Enviado a Software, Linux, Informática a las 18:19 de Javier Romero
Esta entrada la divido en dos partes porque comienzo hablando de ciertas herramientas que uso en Linux (y que por tanto no interesan a todo el mundo, aunque puede que existan para Windows y Mac) para continuar describiendo una herramienta multiplataforma (y que por tanto puede usar todo el mundo) con la que vais a flipar.
Era bastante reacio, quizás vago, a usar un programa tipo iTunes para organizarme la música. Había probado el Rhythmbox que se integra muy bien en el Gnome, pero se me queda colgado cuando se pone a actualizar la biblioteca y asi, amig@s míos, no vamos. Por tanto, decidí usar el Songbird que, mira tú por dónde, me ha terminado gustando.
Claro, el problema de un programa como estos es que si no tienes bien etiquetada la música no vas a poder realizar búsquedas relativas al disco ese que tanto te apetece escuchar. Así que, sabiendo que se iba a convertir en una ardua tarea, os voy a relatar un poco los pasos que he ido dando para no olvidarlos y por si a alguno les hace papel.
El primer obstáculo apareció con los ficheros bin y cue; es decir, volcados de disco a un único fichero acompañado por otro fichero de texto con información de cada pista. Tengo la manía de buscar copias que usen formatos sin pérdida de compresión para cds de Jazz e instrumentales, así que tengo muchos de este tipo, sobre todo volcados con el formato de Monkey’s Audio, que aunque es gratuito tengo mis dudas con las licencias y, al menos cuando yo lo usaba, solo iba bien con Windows (aunque he llegado a comprimir cds usando el Wine). El caso es que quería convertirlos a flac y además cortarlos en sus correspondientes pistas. Casi ná. Afortunadamente, sólo necesito tres herramientas que uso juntas en un script que encontré por ahí (ya no recuerdo dónde) y que paso a describir básicamente.
Lo primero que voy a hacer es convertir el único fichero ape del cd a flac, y para eso voy a usar el conversor de sonido de Gnome
soundconverter, que además de cumplir eficientemente su objetivo me permite usarlo por línea de comandos gracias a la opción -b; así que, si tengo un fichero llamado
CDImage.ape, usaré el siguiente comando:
soundconverter -b -m audio/x-flac -s .ape.flac CDImage.ape
Que en pocos minutos me dará un fichero CDImage.ape.flac que me gustaría cortar en pistas. Ya sé que los entusiastas de aplicaciones gráficas (llamados coloquialmente como pinchaiconos) me dirán que es fácil abrir el Audacity y separar por silencios, pero es que yo no lo veo, y si no lo veo, que dijo Sócrates, no lo veo. Así que voy a echar mano de las shntools, que es un conjunto de herramientas que permiten la edición de ficheros WAVE y una de las herramientas superchulas que trae es shnsplit, que me va a permitir cortar un fichero WAVE a partir de la información que viene en un fichero cue. Si el fichero cue se llama CDImage.cue, pues usaré este comando:
shnsplit -o flac -f CDImage.cue -t “%n - %t” CDImage.ape.flac
Con la opción -t le indico cómo quiero que me nombre las pistas; en este caso con el número (%n) y nombre (%t) de la pista. También se puede usar el nombre del álbum (%a) o del artista (%p), aunque recordad que esta información viene del fichero cue y muchas veces no está incluida (en su lugar, aparecen los escuetos Track 1, Track 2, etc.).
Por último, para aquellos casos en los que sí existe información dentro de los ficheros cue, podemos aprovecharla y usarla para etiquetar las pistas rellenando los metadatos ID3 que son los que luego usarán los reproductores de música para permitirnos buscar. Para ello, necesitamos las cuetools que incluyen la herramienta cuetag y que nos va a ayudar a realizar este paso:
cuetag CDImage.cue *flac
Quitando obviamente el primer paso con el soundconverter, también uso el shnsplit y cuetag para cortar y editar los metadatos de los ficheros flac que vienen volcados en un único fichero junto con otro fichero cue.
El paso siguiente es rellenar los metadatos en los ficheros que carezcan de ellos y aunque existen muchas herramientas, os comentaré una que es muy divertida y multiplataforma.
Este artículo está publicado con licencia CC0, que significa que puedes hacer con esta información lo que quieras: te la puedes quedar, la puedes vender, la puedes copiar… Cedo todos los derechos sobre el texto de esta obra para que la uses como mejor te venga en gana. El conocimiento debe ser libre, universal, público y gratuito.
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18.10.09
Enviado a General, Podcast, Internet, Linux, Informática a las 9:25 de Javier Romero
Aunque en mi lector de feeds tengo sindicados unos pocos podcasts, siempre he ido a las páginas de los programas para descargarme manualmente los ficheros de audio. Desde luego que es engorroso, pero he probado muchas aplicaciones para intertar bajarme los audios sin que ninguna me gustara especialmente … hasta ahora.
Los podcasts los escucho en el trabajo con el ordenador que tengo y usando unos auriculares. Esto lo digo porque no suelo escucharlos ni en un reproductor de mp3, ni en el ordenador de casa, así que me acostumbré a descargarlos desde el trabajo sin usar ningún software especial para ello (entre otras cosas porque la política de seguridad me impide instalar programas). El caso es que en casa intenté usar programas que me descargaran los podcasts pero sin tener intención de escucharlos en el momento. Esto me hizo tener algunos problemas a la hora de encontrar los ficheros, o de moverlos (puesto que algún programa volvía a descargarlos) … En fin, que abandoné el tema de las aplicaciones y continúe descargando manualmente. Este hecho hizo que en cierta manera escuchara solamente los pocos que mi limitada memoria me recuerda de vez en cuando.
Ahora me gustaría abrir un poco más los oídos a nuevos podcasts -voy a Murcia sin conocer a muchos de los que seguro pasarán por allí; la ventaja que tengo es que tampoco me conocerán a mí, algo bueno debía tener hacer un podcast para una minoría
- pero me estresa ir de aquí para allá y olvidar si he pasado anteriormente por esa página, así que volví a caer en las probaturas y abrí el Rhythmbox en mi modesto ordenador-servidor para darme cuenta de lo poco que cuesta fagocitar ciclos y memoria
Después de todo, lo único que deseaba era descargar los ficheros de audio para poder llevármelos a otra parte, sin escucharlos en ese momento; y, además, sin necesidad de tener un interfaz gráfico que consuma recursos (ese planteamiento para mí lógico hace que me llamen retrogeek en mi flickr y cosas así). Buscando por las redes, descubrí que lo que necesitaba era un podcatcher, y que tenía uno muy bueno en los repositorios de Ubuntu, así que me instalé el hpodder y reconozco que me ha gustado mucho. Nada, lo instalamos con un sudo apt-get (o el sinaptic, como queráis), y a jugar. Al instalarlo, pregunta en qué directorio va a descargar los episodios y si quieres que se descargue algunos de ejemplo.
Internamente, el hpodder usa dos tablas en una base de datos SQLite, una para mantener la información de los podcasts (id, título y rss, básicamente), y otra para almacenar la información de los episodios. Es importante saber que cada podcast va a tener un id asociado, ya que lo vamos a usar para todos los comandos. Para poder ver una lista de podcasts, usamos el comando:
hpodder lscasts
Que nos saca una lista de podcasts (id y nombre). Si además queremos mostrar la url, podemos usar el atributo -l.
Si queremos ver los episodios de todos los podcasts, usamos:
hpodder lseps
Si sólo deseamos ver un podcast en concreto, podemos indicar su id:
hpodder lseps 13
Se puede especificar una lista de podcasts separando sus id por espacios. Esto sirve para todos los comandos.
Para empezar, voy a añadir un podcast nuevo, diferente, moderno y que se actualiza todas las semanas. Para ello, copio su dirección de rss y uso el comando add:
hpodder add http://feeds.feedburner.com/cinefilopodcast
En el momento en que le dé al intro, me aparece el nombre del podcast y su id asociado. Ojo, lo he añadido a la base de datos, pero aún no he leído su feed. Para ello debo actualizar:
hpodder update
Por supuesto, con este comando actualizaría todos los podcasts que tengo. Si sé que he actualizado el resto, podría actualizar sólo éste usando su id:
hpodder update 13
Un detalle que no he comentado del comando lscasts es que aparecen el número de episodios que están pendientes de descargar y el número total. Imaginaos que ahora hago un listado y veo que hay 30 episodios en total de Diario a Borbo, pero sólo me quedan por escuchar los tres programas más recientes. Afortunadamente, tengo una opción para indicar que quiero obviar el resto:
hpodder catchup -n 3 13
Con el parámetro -n le indico cuántos episodios quiero dejar para descargar (de los más recientes) dejando el resto como descargados y, en este caso, sólo lo quiero hacer para el podcast con id 13. Si no pusiera el id, haría la marca en todos los podcasts.
Ahora sólo falta descargar, así que puedo usar el comando download para bajar los episodios del podcast 13
hpodder download 13
Vale, lo he explicado un poco engorroso. Hasta ahora, he dicho que usemos el comando update para actualizar los feeds y luego el comando download para descargar los episodios. Hay un comando que hace las dos cosas:
hpodder fetch
Así me actualizaría y descargaría todos los podcasts. Para simplificar más, si no usamos comandos, por defecto se llama a este último:
hpodder
Y ya está. Realmente, su uso general va a ser añadir unos cuantos podcasts con add y llamar a hpodder. Pero hay más instrucciones que te permiten flexibilizar y potenciar su funcionamiento:
Con los comandos enable y disable puedes desactivar un podcast y activarlo cuando quieras. Si por ejemplo hay un podcast que no te convence pero tampoco quieres borrarlo, lo desactivas de manera que no se actualiza ni se descarga. Si quieres volver a él algún día, sólo debes activarlo.
Con settitle puedes cambiar el título de un podcast. Esto viene muy bien si el título no está especificado en el feed o si tienes algún problema con algún carácter extraño.
Un comando que me gusta es setstatus, que me permite cambiar el estado de los episodios entre los posibles: pendiente, descargado, error, obviado. Es muy útil para poder ignorar errores, descargar de nuevo episodios…
Además, hpodder crea un fichero de configuración en ~/.hpodder/hpodder.conf donde puedes cambiar parámetros por defecto, globales y específicos para un podcast. Las secciones se marcan con las líneas [DEFAULT] [general] y [(cast_id)]. Por ejemplo:
[DEFAULT]
…
[general]
…
[13]
…
En mi caso, DEFAULT tiene el directorio donde debe descargar los podcasts; en general, el número de podcast a descargar como máximo (maxthreads=3), y para algunos podcasts el directorio donde deben descargar los audios. Si queréis investigar la configuración es mejor que os leáis la página man, que está muy completa (o verla aquí).
Y con esto ya está. Aunque dicho así parezca muy lioso, es bastante sencillo y potente la descarga de podcasts de esta manera, sin usar excesivos recursos y con una sensación real de potencia y control en el proceso. Por supuesto, se pueden hacer algunos añadidos con herramientas del sistema para usarlo aún más eficientemente (añadirlo al cron para que actualice cada cierto tiempo, pasarle una lista de feeds o que, incluso, los recoja de algún directorio de podcasts), pero esto sobrepasa lo que os quería comentar sobre la utilidad.
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23.04.09
Enviado a Música, Opinión, Informática a las 18:24 de Javier Romero
(Nota mental: si tienes una idea para el podcast, lo normal sería coger el micro y grabar, pero no, tío listo, tenías que dejarlo rondar en tu cabeza meses y meses hasta que al final decidas escribirlo en tu blog, para que se te olvide listar la mitad de cosas que pensaste el otro día en el autobús, y encima con ese estilo tan retorcido que usas de vez en cuando. Ché, si quieres grabar, hazlo, pero hazlo, porque para grabar un podcast hay que: tener ganas, querer contar algo, montar un blog, darle un nombre, elegir un software de grabación y tener un equipo más o menos adecuado, socializar el podcast y si te da la gana escribir un guión, que no lo dices tú, pringao, que lo dicen los de Kafelog. Sí, te hablo a ti, al que escribe en soliloquios, deja de mirar hacia otro lado).
Hace poco un amigo me comentó que cuando me conoció y comenzamos a hablar de música la opinión que tenía sobre mí era, literalmente, que o yo estaba sonao perdido, o que tengo un gusto exquisito. Por supuesto, nunca me ha querido revelar con qué versión se ha quedado, yo creo que será la primera aunque necesito creer que en realidad es la segunda, por alimentar un poco el ego que en estos vespacios está de moda.
Me gusta Spotify, creo que es una buena manera de probar un nuevo modelo de negocio basado en la música y, aunque creo que no será el modelo definitivo, sí avanza el camino que determinadas personas se niegan a seguir.
Escuchar una especie de radio-fórmula a la carta es sensacional, con la programación que te dé la gana, sea con o sin anuncios, me parece la idea que debe evolucionar, y le pasará lo mismo a las series y programas de televisión, que terminarán ofreciéndose en streaming con anuncios insertados por aquí y por allá.
Noto algunos defectillos que se deben estudiar para, si no erradicar sí al menos mitigar el dolor, así que recomendemos a los creadores de la mascota que se tomen un par de gelocatiles para evitar ciertos males.
La excesiva dependencia de conexión es algo que, actualmente, aún no es trasparente. El día que los cacharros multimedia (idea brainstorming) activen la cuenta de Spotify para escuchar música sin ni siquiera encender la televisión, sin notar realmente que estamos conectados, sino que parezca que hemos encendido la radio del siglo XX, este tipo de ideas triunfarán. Mientras tanto, sigue siendo terreno limitado a geek-náticos.
Hace poco me cambié de móvil; me gustan sencillos, nada modernos, un teléfono está para lo que está, para llamar. Aluciné al saber que podía usarlo de reproductor de MP3, y como mi cacharro musical era antiguo y sobrevivió de manera milagrosa a una caída al water (menos mal que aún no había empezado con mis necesidades, no me preguntéis qué hacía con el reproductor en el aseo porque, entre otras cosas, no me acuerdo), decidí usar el móvil como MP3 player. Una semana después me compré un reproductor MP3. Caramba, un móvil que tardo tres semanas en recargar, con el rollo del MP3 tenía que cargarlo cada dos días o cada día, vaya rollo. En cambio, mi reproductor actual me tarda una semana en quedarse sin batería. Es un Zippy, baratito, nada de ipós, que aunque no tiene búsqueda de canciones no la necesita: no quiero que mi reproductor sea más listo que yo, así que me invento una codificación numérica para poner los discos que escucho a menudo al principio, y los que no sé si quitaré cuando vuelva a casa al final, y siempre con un salto numérico de al menos 10 números, que eso lo sé de basic, que así siempre puedo poner un disco entre dos, siempre hay sitio. Qué listos éramos programando basic. Y eso sin contar con lo caras que son aquí las conexiones a la red vía móvil, y que si te pasas unos cuantos unos y ceros te cortan aún más la velocidad. No son listos ni nada.
De las limitaciones regionales no voy a hablar. No, no voy a hablar.
Un día leí algo sobre borrar la carpeta de MP3 e instalar el Spotify. creo que un principio básico para que este modelo funcione es que la música que le gusta al usuario esté en el programa, no a la inversa. Me parece un error que el usuario busque, no encuentre, y se tenga que conformar con artistas parecidos. Sé que el problema es de acuerdos con discográficas y tal y cual, pero yo, como usuario, quiero, necesito, que las canciones que busque estén accesibles; de otro modo, no puedo borrar mi carpeta de MP3. Sólo de esta manera pagaré una cuenta pro, plus, o como la llamen.Recordando la opinión que mi amigo (no me dijo que) tenía de mí, pensé: voy a hacer un estudio, voy a elegir aleatoriamente cien discos de mi directorio de MP3 y voy a buscarlos en Spotify con unas pocas reglas: voy a permitir versiones remasterizadas, pero no extractos de discos en recopilatorios, o discos en directo en vez de estudio (o viceversa). Igualmente, aunque me sorprenda que tengan artistas raros raros, decido sobre discos que quiero realmente escuchar. Como en estos días, he oído hablar de yes.fm he comprobado si están estos discos y, para enfollonarlo más, como iTunes Store presume de catálogo, también los he buscado (simplemente por saber si mi 100% de discos están en formato digital).
Pues debo decir que he fracasado; o mejor, que he triunfado. Sumando los tres servicios, consigo tener un 80% de discos en la red, nunca el 100%. Es verdad que Apple tiene un 76% de discos, mientras que Spotify se queda en un 44% y yes.fm en un 39%, aunque soy consciente de que cuanto más tiempo transcurra, más acuerdos tendrán y habrá más discos, pero vuelvo a mi idea: el usuario necesita escuchar esa música sin importarle si hay acuerdos o no. Si buscas un día el disco y no está, raramente lo buscarás dentro de un mes.
Datos curiosos: hay 20 discos que no están en ningún servicio; 25 que están en los tres y 24 que sólo están en uno de los tres, de los que sólo 3 no están en iTunes Store.
Por supuesto, si queréis ver la lista con los discos, los tenéis aquí. La celda es verde si existen en el catálogo, y roja si no existen. La amarilla fue por una duda sobre el disco del Greco de Vangelis, puesto que tiene dos con el mismo título; creo que uno de los tres servicios tenía la carátula de uno y las canciones del otro, pero tampoco me hagáis mucho caso que no he verificado si tengo algún error.
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11.03.09
Enviado a General, Retro, Juegos, Informática a las 20:29 de Javier Romero
No hay palabras para describir este enlace: classic DOS Games, una recopilación de (ahora mismo) 126 juegos de los de antes, los que se jugaban con el 386 como mucho. Aventuras de Lucasarts (Loom, Indiana Jones…), la saga de los Gobliiins, Commander Keen, Hexxagon, Scorched Earth, SimCity…
Ay, qué me da el tabardillo (retro, se entiende)
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22.02.09
Enviado a Opinión, Internet, Informática a las 11:04 de Javier Romero
Decidí nacer un día como entropía52; no pedí venir a la red, sino que ella me atrapó a mí.
Empecé como lo hace cualquier hijo de vecino: un amigo de un amigo de un amigo que oye hablar de las redes sociales, que son muy cool y todas esas palabrejas inglesas que nadie entiende pero que son autocomplacientes. Un enlace de dudosa procedencia me recomendó perder el hímen digital con flickr, así que comencé a subir mis fotos; primero, lentamente, con miedo, con el dolor sentido de la pérdida de cualquier tipo de privacidad, y a la vez con el placer extremo de sentir inocentemente el deseo plural de convertirme en puro fetiche. Es difícil explicarlo, es difícil describiros cómo nace una bestia que fotografía hasta la más diminuta mota de polvo con tal de atrapar todos los rincones de su propio mundo. Sólo puedo decir que noté las garras de mi animal enjaulado cuando pagué la cuenta pro del Flickr. Y entonces noté un fogonazo interior, un destello con el que no contaba; me transformé, pero no sabía hasta qué punto. Cuando mis amigos me lo advirtieron era demasiado tarde, el tiempo nunca se detiene.
Mi imagen real se había vuelto en blanco y negro, mis colores habían desaparecido. Me gustaba usar camisetas horteras pasadas de moda, pero en cuanto rozaban mi piel el color se convertía en humo; lo peor era que yo no me daba cuenta, pero no dejaba que los demás me avisaran: están locos, pensaba, ¿no ven mis naranjas plateados?
Nací en facebook y en twitter, sin saber la unión de hecho entre ambos, navegaba de la pestaña de inicio de facebook a la pestaña del hogar dulde hogar del Twitter, y escribía lo mismo en los dos, o comenzaba en uno y terminaba en otro. Las dos páginas se fusionaban en un movimiento lisérgico de proporciones bíblicas. No recuerdo la fecha exacta (de hecho, me cuesta horrores recordar fechas), pero sí sé que coincidió con mis problemas de piel: me comenzaron a salir caracteres ascii por todo el cuerpo. Un dermatólogo privado me recetó algunos fármacos, pero no dieron resultado y evité esfuerzos; me resultaba gracioso ver una virgulilla en mi ombligo.
Me regalaron una cámara de vídeo y, claro, fue la puntilla para abrirme una cuenta en youtube. Me agencié un micrófono sólo para subir mi voz a ivoox. Necesidad, esa era la palabra; necesidad de la bestia de abrirse paso entre la espesa vegetación que hasta entonces no había permitido mostrar el horizonte, un infinito de muchos destinos, unos puntos lejanos que podía atraer con distintos sentidos pero que, aún seguía sin entenderlo, me robaban mi existencia. Con el vídeo, mi imagen se tornó en una densa niebla móvil que a ratos esbozaba mi imagen. Con el sonido, mis cuerdas vocales atrapaban los sonidos de mi entorno, creando una melodía muda, hueca, vacía de contenido. Con el texto, mis átomos se transformaban en caracteres que parecían querer escaparse y formar sus propias frases… Y mientras tanto, caía en todas las redes que encontraba; cuando mi nombre de usuario ya existía en una sociedad, le añadía los caracteres que me caían al dormir, o tal vez se cayeran porque los usaba en los nombres, da igual. Fui entropia5225, entropiaentropia, noentropia52, no52entropia, entro5pia2… Cada vez era más complicado subsistir en todas las redes, pero soy cabezota, y reprogramé el flock para añadirle todas, todas las redes que encontraba, cada vez más. Dejé de comer para escribir, grabar y emitir en todos los lugares posibles, y cada tecla pulsada me hacía perder un pedazo de mi piel, ahora convertida en una niebla formada por dos simples cigarrillos. Unía a amigos que nunca había visto, llamaba a las puertas de eventos que nunca podría observar, pero me daba igual, la sensación de que me estaba rompiendo me alegraba, era una sensación masoquista que me causaba dolor al intentar aporrear las teclas o al capturar mi desconocida voz con el micrófono, pero al mismo tiempo conseguía acercarme a la utopía de la ubicuidad gracias a las redes de la red. Me cargué las bases de datos de muchos aplicativos, llegaba al tope de amigos, al tope de mensajes, al tope de ficheros subidos; los webmasters me apredeaban cuando me veían aparecer y yo, en vez de dar media vuelta, esperaba con ansia que las piedras golpearan mis mejillas para sangrar más caracteres: matadme si queréis, pero he grabado mi huella en las redes y nunca podréis borrarla, soy entropia52, el único dios al que rendir pleitesía, me como aún calientes los huevos arrancados al monstruo de espagueti volador, no podéis vencerme, ataco desde todas las ips inimaginables, me habéis convertido en un mito del nuevo siglo, en el amo de la información, en el amo de todas las palabras, mis amigos escriben en mi piel como si grabaran tatuajes, mis ojos son dos cámaras web conectadas a puertos USB que reciben voltajes mortales, cuidaros de mí porque me puedo desplazar de frase en frase, de buscador en buscador, conozco todos los avatares creados y por crear, no destruiréis mi reinado, temblad, escoria binaria, porque llego yo, entropia52, sin cuerpo, sin volúmen, sólo con el poder de las frases a 140 caracteres por segundo, al HD de vimeo, a las ontologías de Twine, no podéis vencerme, me he convertido en la red; soy la próxima generación de las ips, soy la red anónima, el saco donde duermen los monos de las frases aleatorias. Soy entropia52, huid cuando me veáis.

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