15.02.10
Enviado a Música, Software, Informática a las 18:06 de Javier Romero
Llega la parte divertida de la organización musical: la etiquetación de los álbumes; es decir, el momento de añadir la información del disco, incluyendo los nombres de cada pista. De acuerdo, con programas tipo EasyTag se hace bastante aburrido, pero como os prometí que sería divertido, vamos a usar otro programa.
Antes de nada, os hablaré del proyecto MusicBrainz, que tiene mucho qué ver. Este sitio es un intento de crear una base de datos gratuita de metadatos musicales, lo que significa que almacena la información de un sinfín de discos compactos. Además, son los propios usuarios los que pueden añadir esa información de piezas musicales que aún no estén dados de alta.
La cuestión es que han desarrollado un programa, el Picard, multiplataforma y con licencia GPL 2.0, que nos va a permitir etiquetar nuestros discos a partir de los metadatos ya existentes, o incluso utilizando una huella digital sonora. Sobre esto, hace ya un año que en el podcast os hablé de la aplicación Shazam para el iPhone que reconoce una canción al rato de escucharla. Pues bien, Picard también lo usa para reconocer discos. De todas maneras, he buscado un ejemplo lo suficientemente complicado para que veais claramente los pasos que debemos hacer.

En la parte izquierda podéis ver mis ficheros de música, sin ningún tipo de información. Para empezar, debo arrastrarlos a la carpeta que hay en la parte central llamada “Archivos desagrupados”. Una vez ahí, puedo usar el botón cluster que intenta crear grupos en función de los metadatos de los archivos. Si, por ejemplo, tenemos mezclados ficheros de distintos discos, si la información de esos discos ya existe en los metadatos aparecerán los nombres de los discos en cuestión en la carpeta “Grupos” con los ficheros correspondientes para cada disco. En mi caso, a los ficheros les había guardado información falsa para que fuera un proceso complicado. Como podéis ver, Picard me ha creado un disco llamado “No lo sé” donde ha guardado todos los ficheros:

Para usar la huella digital sonora, Picard debe analizar primero los audios, así que pulsáis en el botón Analizar y veréis cómo analiza los ficheros en unos pocos segundos. Si encontrara similitudes entre pistas, a la derecha aparecería el nombre del disco con ls pistas que ha sido capaz de encontrar y con un dibujo que, con colores del verde al rojo, muestran el porcentaje de similitud encontrado. En mi caso, esta opción falló, así que vamos a la siguiente, que es Lookup. Ésta va a buscar información con los metadatos que tengan nuestros ficheros. Como no existe ningún disco llamado “No lo sé”, esta opción me vuelve a fallar. Sólo me queda la última opción: la búsqueda manual.
Si os fijais, en la parte superior derecha del programa hay un buscador que nos permite buscar por autor, por álbum o por pista. Si lo usamos se nos abre el navegador y nos dirige al resultado de la búsqueda en la página de MusicBrainz. Según los resultados, al final veremos los nombres de álbumes o pistas, y un enlace de color verde que es la clave en este paso, puesto que si lo pulsamos nos aparecerá la información del álbum en la parte derecha del Picard:
Fijaos que a la izquierda del todo indica el número de pistas de ese disco. Esto es importante cuando aparece más de una versión del mismo disco (de distintos mercados internacionales, por ejemplo).
El último paso es hacer coincidir las pistas de las que no se han encontrado similitudes con la información del álbum en la parte derecha. En mi caso, son todas las pistas, así que debo arrastrar y soltar cada fichero mío sobre la pista correspondiente.
Una vez que ya he hecho coincidir todas las pistas sólo queda pulsar el botón de Guardar y tendremos nuestro disco con toda la información necesaria para poder buscarlo en nuestro reproductor.
Visto así, quizás queda algo lioso, pero es importante ver que nos evitamos el proceso farragoso de tener que añadir la información tecleándola por nosotros mismos. Esto lo tendremos que hacer en unos pocos discos, pero os puedo asegurar que van a ser los menos, y con este programa no os va a dar pereza etiquetar apropiadamente vuestra biblioteca musical.
Este artículo está publicado con licencia CC0, que significa que puedes hacer con esta información lo que quieras: te la puedes quedar, la puedes vender, la puedes copiar… Cedo todos los derechos sobre el texto de esta obra para que la uses como mejor te venga en gana. El conocimiento debe ser libre, universal, público y gratuito.
To the extent possible under law, the person who associated CC0 with this work has waived all copyright and related or neighboring rights to this work.
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14.02.10
Enviado a Software, Linux, Informática a las 18:19 de Javier Romero
Esta entrada la divido en dos partes porque comienzo hablando de ciertas herramientas que uso en Linux (y que por tanto no interesan a todo el mundo, aunque puede que existan para Windows y Mac) para continuar describiendo una herramienta multiplataforma (y que por tanto puede usar todo el mundo) con la que vais a flipar.
Era bastante reacio, quizás vago, a usar un programa tipo iTunes para organizarme la música. Había probado el Rhythmbox que se integra muy bien en el Gnome, pero se me queda colgado cuando se pone a actualizar la biblioteca y asi, amig@s míos, no vamos. Por tanto, decidí usar el Songbird que, mira tú por dónde, me ha terminado gustando.
Claro, el problema de un programa como estos es que si no tienes bien etiquetada la música no vas a poder realizar búsquedas relativas al disco ese que tanto te apetece escuchar. Así que, sabiendo que se iba a convertir en una ardua tarea, os voy a relatar un poco los pasos que he ido dando para no olvidarlos y por si a alguno les hace papel.
El primer obstáculo apareció con los ficheros bin y cue; es decir, volcados de disco a un único fichero acompañado por otro fichero de texto con información de cada pista. Tengo la manía de buscar copias que usen formatos sin pérdida de compresión para cds de Jazz e instrumentales, así que tengo muchos de este tipo, sobre todo volcados con el formato de Monkey’s Audio, que aunque es gratuito tengo mis dudas con las licencias y, al menos cuando yo lo usaba, solo iba bien con Windows (aunque he llegado a comprimir cds usando el Wine). El caso es que quería convertirlos a flac y además cortarlos en sus correspondientes pistas. Casi ná. Afortunadamente, sólo necesito tres herramientas que uso juntas en un script que encontré por ahí (ya no recuerdo dónde) y que paso a describir básicamente.
Lo primero que voy a hacer es convertir el único fichero ape del cd a flac, y para eso voy a usar el conversor de sonido de Gnome
soundconverter, que además de cumplir eficientemente su objetivo me permite usarlo por línea de comandos gracias a la opción -b; así que, si tengo un fichero llamado
CDImage.ape, usaré el siguiente comando:
soundconverter -b -m audio/x-flac -s .ape.flac CDImage.ape
Que en pocos minutos me dará un fichero CDImage.ape.flac que me gustaría cortar en pistas. Ya sé que los entusiastas de aplicaciones gráficas (llamados coloquialmente como pinchaiconos) me dirán que es fácil abrir el Audacity y separar por silencios, pero es que yo no lo veo, y si no lo veo, que dijo Sócrates, no lo veo. Así que voy a echar mano de las shntools, que es un conjunto de herramientas que permiten la edición de ficheros WAVE y una de las herramientas superchulas que trae es shnsplit, que me va a permitir cortar un fichero WAVE a partir de la información que viene en un fichero cue. Si el fichero cue se llama CDImage.cue, pues usaré este comando:
shnsplit -o flac -f CDImage.cue -t “%n - %t” CDImage.ape.flac
Con la opción -t le indico cómo quiero que me nombre las pistas; en este caso con el número (%n) y nombre (%t) de la pista. También se puede usar el nombre del álbum (%a) o del artista (%p), aunque recordad que esta información viene del fichero cue y muchas veces no está incluida (en su lugar, aparecen los escuetos Track 1, Track 2, etc.).
Por último, para aquellos casos en los que sí existe información dentro de los ficheros cue, podemos aprovecharla y usarla para etiquetar las pistas rellenando los metadatos ID3 que son los que luego usarán los reproductores de música para permitirnos buscar. Para ello, necesitamos las cuetools que incluyen la herramienta cuetag y que nos va a ayudar a realizar este paso:
cuetag CDImage.cue *flac
Quitando obviamente el primer paso con el soundconverter, también uso el shnsplit y cuetag para cortar y editar los metadatos de los ficheros flac que vienen volcados en un único fichero junto con otro fichero cue.
El paso siguiente es rellenar los metadatos en los ficheros que carezcan de ellos y aunque existen muchas herramientas, os comentaré una que es muy divertida y multiplataforma.
Este artículo está publicado con licencia CC0, que significa que puedes hacer con esta información lo que quieras: te la puedes quedar, la puedes vender, la puedes copiar… Cedo todos los derechos sobre el texto de esta obra para que la uses como mejor te venga en gana. El conocimiento debe ser libre, universal, público y gratuito.
To the extent possible under law, the person who associated CC0 with this work has waived all copyright and related or neighboring rights to this work.
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10.02.10
Enviado a Opinión, Internet a las 12:11 de Javier Romero
Supongamos que soy un usuario de Twitter, y que llevo ya algún tiempo usándolo. Digamos que ya he pasado ese momento en el que estoy convencido de que debo tener una relación 1:1 entre seguidores y seguidos y que, además, me he dejado de preocupar por leer absolutamente todo el time-line. Esto último lo hago aun a sabiendas que algún usuario insomne puede haber publicado algún enlace interesantísimo a altas horas de la madrugada que nunca más encontraré. Hay que buscar un equilibro entre lo real y lo utópico que es leerse día sí día también el time-line entero.
Ahora me pongo en el lado contrario: yo, como usuario de Twitter, quiero publicar una información relevante que considero muy interesante. Muy bien, la publico en mi time-line y no hay problema. Pero después de haberle dado a la tecla de envío pienso en los posibles seguidores a los que le puede interesar y comentar la información. ¿Estarán conectados y la habrán visto? ¿Se perderá como lágrimas en la lluvia porque no leen el time-line, al igual que hago yo?
Si son seguidores con los que tengo confianza, estoy casi seguro de que me leerán, o incluso puedo comunicarles directamente que he enviado esa información. Pero existen muchos otros de los que estoy convencido de que la información también les resultará interesante. ¿Se las envío a ellos personalmente? Corro el riesgo de que me tachen de “espamista” y consiga el efecto contrario al que yo quería obtener.
Otra opción que tengo es enviar la misma dirección a distintas horas para que llegue al máximo número posible de seguidores, aunque de nuevo puede que algunos se molesten y decidan dejar de seguirme.
Existe una opción más, quizás como afinamiento de la opción del párrafo anterior, que consiste en aproximar el momento ideal para relanzar la información suponiendo que tienes en ese mismo momento un grupo de seguidores lo suficientemente importante que puedan estar interesados en esa información. Digamos que espero unos minutos mientras observo los seguidores activos en mi time-line y, cuando percibo (por desgracia, es sólo una impresión) que hay un número significativo de gente posiblemente interesada en la información, lanzo el mensaje. Si es verdad que a la gente le interesa el tema, lo retwittearán (es decir, ellos lo relanzaran) creando una especie de fuego artificial que posiblemente se expanda durante un rato hasta que al final se olvide.
Pues bien, en un alarde de ingenio por mi parte, he decidido llamar a esto el tiempo-Twitter; es decir, el momento en que, presintiendo que hay un mayor volumen de gente interesada, lanzo el cohete dispuesto a explotar entre todos los pedazos y que se desintegrará un breve tiempo después. Lo divertido es averiguar cuándo debo activar el tiempo-Twitter.
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08.02.10
Enviado a Podcast a las 21:15 de Javier Romero
Érase una vez un micrófono guardado en una mochila que decidió escaparse porque descubrió una tierra de gente dispuesta a contar sus historias que se había reunido para celebrar unas jornadas podcasteras en Murcia.
El micrófono llamó la atención de los presentes y, sin que su dueño mediara palabra alguna por él, comenzó a mostrarse orgulloso cual Pavo Real para que los podcasters le cogieran y se dedicaran a hablar. No hubo acuerdos ni reglas sobre temas, así que cada uno de los protagonistas podía decir lo que quisiera, sin percatarse del extraordinario y maravilloso meme que lograron crear.
Así, el micrófono viajó por toda la mesa, desde el principio hasta el final, para volver al mismo punto de donde había partido. Y, damas y caballeros, sorprendentemente hay un archivo sonoro que demuestra que el viaje fue realizado. Aquí tenéis el audio que describe la historia de un micro.
Desde aquí lo podéis escuchar (11 minutos): audio.
O podéis descargaros el fichero mp3.
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